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El Miniparaíso

Mi abuelo Antonio tenía un trocico de tierra en el Jarral que cultivó con mucha ilusión hasta el final de su vida. Recuerdo cuando bajábamos con él y lo veía saltar la acequia y me cogía de los brazos para que yo saltara. También recuerdo el día en que pude saltarla yo sola y me sentí mayor, y deseaba bajar todas las tardes para volver a saltarla. Recuerdo el cariño que mi abuelo sentía por aquel miniparaíso y, con los años, siempre me pregunté por qué aquél lugar tan privilegiado estaba arrinconado, abandonado, lleno de cañas y basura.

Me hice mayor y durante mi adolescencia el único contacto que teníamos con el Jarral era para escondernos cuando nos saltábamos alguna clase en el instituto o cuando cogíamos las bolsas de basura de conserjería para pillar los exámenes; no nos importaba dejar allí la bolsa, un poco más de basura pasaba desapercibida.

Años después volví a descubrirlo y volví a sentirlo como aquel miniparaíso que mi abuelo me había enseñado. Volví a disfrutar con el olor de la tierra húmeda y el sonido del agua al caer de las presas. Y muchas personas lo descubrieron por primera vez.  Cada día agradezco la sensibilidad de quien pensó, que este espacio había que desenterrarlo, abrirlo; que aquel miniparaíso era un derecho de todos.

Hoy mis hijos pueden disfrutarlo y yo les puedo contar allí muchas historias. Aunque años después hayan tratado de que las cañas lo volvieran a ocultar o que dejáramos de meter los pies en el agua diciendo que estaba contaminada… hay huellas que son imposibles de borrar. Y la naturaleza ha sobrevivido al hombre. El miniparaíso ha dicho basta.

(A Antonio Francisco Gómez y Fátima Saorín)

palabras

Ver, oír y callar

Mi madre es una mujer muy sabia. De origen humilde, fue a la escuela, pero su maestra la trataba de “moza” mientras otras chicas de su edad aprendían a leer, a escribir y a bordar y escuchaban las lecciones de la sección femenina, esas que enseñaban a las mujeres cómo tenían que comportarse con sus maridos cuando llegaban a casa.  Eran los años 40. A pesar de todo, mi madre aprendió a leer y a escribir mirando de reojo y nadie la engaña con las matemáticas, porque mientras sus compañeras resolvían en un papel las cuentas enunciadas por la maestra, ella lo hacía de cabeza sin abandonar sus tareas de limpieza y recados varios.

Pero sobre todo, mi madre es una persona que, sin percatarse, aprendió a saber sobre los demás. Para aprender tuvo que multiplicar su capacidad de escuchar, observar y callar. Suele repetir este lema: “Hija: ver, oír y callar” y, en ocasiones,  sigo su consejo, aunque reconozco que puede resultar desacertado. Nos podemos callar por prudencia o por educación, para evitar hacer daño, para evitar meternos en líos, para que los demás no piensen mal de nosotros o, simplemente, porque pensamos que nuestra opinión es intrascendente. Pero cuando estamos seguros de algo, cuando observación e intuición van por el mismo camino, lo mejor es hablar, dialogar, porque solo de esta manera podemos avanzar, superar obstáculos y mejorar.

De un tiempo a esta parte, he seguido el discurso del filósofo José Antonio Marina y he reflexionado sobre la importancia de La Palabra. La necesidad de comunicarnos que tenemos los seres humanos y la falta de comunicación que existe hoy en día, paradójicamente, cuando más recursos tenemos a nuestro alcance para hacerlo.

“Necesitamos dominar el lenguaje y la inteligencia para no hacernos un lío en la convivencia”

O dicho en palabras de mi sabia madre: “Los problemas se resuelven hablando”

Os dejo el enlace de la Masterclass que ofreció Marina en la temporada pasada de Torres & Reyes, programa que echo de menos.

Masterclass: “Siempre se puede aprender”, por José Antonio Marina

 

 

 

Bye,-bye

Cambios de fase

Formalmente queda verano, aunque para nosotros ya ha pasado; quedan atrás los atardeceres en la playa, las horas de piscina, los días sin reloj, el no saber dónde he dejado el móvil… Han sido unas vacaciones estupendas, adaptadas a la edad de los niños y aprovechando el tiempo al máximo para estar con ellos. Los noto contentos y agradecidos por ese espacio que le hemos regalado.

Con septiembre han comenzado las rutinas. Nuestra estrategia está basada en hacer los cambios progresivamente y compartiendo cada paso con ellos. Para Mingola (3 años) será el primer año en colegio y para su hermano (20 meses), el primer año en la escuela infantil.

El verano ha sido loco, apenas hemos estado en casa y necesitábamos instalarnos definitivamente. Nos ha llevado unos días adaptarnos, sobre todo asimilar un nuevo modelo de sueño: a dormir en la camita y cada uno en la suya. Así, en espanglish:

Bye,-bye

Hemos ido poco a poco haciéndonos con el espacio: decorando, jugando, contando cuentos, ahora me acuesto en esta camita, ahora en la otra… Sin traumas. Es cierto que la primera noche el peque entró en un bucle “carro, calle, paseo…” que parecía no tener fin, pero Mingola estaba súper ilusionada y tranquila; era una cambio que ella pedía. Una semana después, sin llantos ni gritos, cada uno pasamos la noche en nuestra cama hasta la mañana siguiente. Increíble después de cuatro años dando vueltas sin dormir cuatro horas seguidas; con dos hijos moviditos, una cuna apenas estrenada y mucho sueño acumulado. Nuestra etapa de “colecho puro” ha pasado, entramos en la de “colecho eventual”, porque eso de dejarlos llorar para que se acostumbren, no es nuestro estilo. Creo que entre todos hemos creado un ambiente sereno, esta lámina que decora una de las paredes de su habitación lo dice todo:

nsn

En estos años de crianza, he aprendido que los cambios hay que afrontarlos con naturalidad y sin miedo.

Ya hemos pasado una fase. A partir del lunes comenzaremos las adaptaciones a la escuela. Afronto el momento con ilusión manifiesta y con vértigo contenido. Me planteo muchas cosas estos días y pienso en los modelos de familia, en la conciliación y todas esas cosas que son tan verdad como los reyes magos. Seguiré escribiendo para guardar algo de cordura.