princesa

Tres años juntas

Hace tres años que nació mi hija. Tres años de intenso aprendizaje e intensas emociones. En el momento en el que nace un bebé, también nace una madre. Comienza un nuevo camino desde cero. Sin saber nada. Rodeados de sueños y temores. Pero juntos.

Naciste y nací. Juntas lloramos y buscamos cobijo para aplacar la ansiedad ante lo desconocido. Nunca nos planteamos dejarnos llorar. Ni abandonarnos. La seguridad llegó en los brazos, piel con piel; sintiendo que en ese lugar nada malo nos podía pasar. Comiendo de mí. Viviendo en mí, aunque ya fuera de mi cuerpo.

Seguimos tejiendo el hilo, superando pruebas: llantos, sueño, grietas, gases, sonrisas, carcajadas… comenzaste a descubrir tu cuerpo y a necesitar el mío cada vez menos. Nuestra entrega nos ha ayudado a combatir la frustración y a asimilar nuestra independencia. Somos dos: madre e hija, y una vida por delante.

Ya eres toda una niña. Habrá más etapas, y para afrontar cada una de las que están por llegar, será importante lo que hemos aprendido hasta ahora. Ojalá el camino sea muy largo. De sobra sabes que te quiero.

princesa

Bebes

Cuatro embarazos. Dos hijos.

Antes de tener a mis dos hijos tuve dos abortos. Dos pérdidas gestacionales de ocho semanas que el paso del tiempo no ha logrado borrar.

Mi primer embarazo era perfecto. Me quedé embarazada con facilidad, llegó en el momento deseado, me encontraba genial y nos llovían las felicitaciones y los consejos. A las ocho semanas, Papá Mingola y yo fuimos a nuestra primera ecografía. Mientras esperábamos parecíamos dos adolescentes: bromeando, haciéndonos carantoñas, especulando con la posibilidad de que fuera un embarazo múltiple, con el sexo del futuro hijo, con su nombre.  Entramos decididos, felices, comiéndonos el mundo, y en un segundo… silencio. No había latido. El embrión no se había desarrollado por motivos desconocidos. Lloré, lloré y lloré sin poder salir de la consulta del soponcio. La ginecóloga nos explicó que era algo bastante común en los embarazos primerizos. Que fuera a mi hospital maternal de referencia y que los médicos me dirían el protocolo a seguir. Intentó consolarme, pero en esos momentos nada vale.

Mi segundo embarazo, un año después, fue muy rápido. Una analítica positiva y antes de ir a la eco comencé a sangrar y lo expulsé de forma natural. Un nuevo jarro de agua fría, aunque esta vez habíamos sido algo más comedidos. La experiencia anterior nos había enseñado que un embarazo puedo ir bien o mal y que hay que ser cauto. No por esto fue menos doloroso. En esta segunda experiencia nos hicimos muchas preguntas, había muchos porqués sin responder. Nos informaron que, en los embarazos de primerizas, se considera normal sufrir hasta tres abortos, que a partir de ahí es cuando la seguridad social se hace cargo de realizar los estudios pertinentes. En nuestro caso no había problemas de fertilidad y teníamos que volver a intentarlo.

Recuerdo estos momentos con un gran sentimiento de vulnerabilidad.

Mi tercer embarazo fue un año después, cuando nos volvimos a encontrar con fuerzas; conscientes de que podía ir mal, pero con la confianza de que podríamos estudiar la causa y tomar las medidas necesarias. Somos personas que creemos en la ciencia y que sabemos que los avances en este ámbito son muchos. No nos hubiera importado someternos a cualquier tratamiento con el fin de ser padres. No fue necesario.

Test positivo. Análisis. Antes de las seis semanas eco. Latido. Todo pinta bien. Progesterona y reposo. El análisis muestra que con el embarazo desarrollo hipotiroidismo, posible causa de los abortos anteriores. La ginecóloga llama al endocrino que está en la planta de arriba. En cinco minutos nos recibe de urgencia y me pone en tratamiento. Todo en un hospital comarcal público. Embarazo controlado y a esperar que siga adelante. Abrazos y lágrimas entre unos futuros papás que no se lo creían. Nueve meses después, Mingola. Durante el embarazo lo pasé fatal sicológicamente. Tenía pesadillas y soñaba que el feto dejaba de latir. Las ecografías eran muy traumáticas, no era capaz de mirar la pantalla ni de soltar la mano de Papá Mingola. Así hasta las 17 semanas que nos dijeron que era una niña. Fue muy importante la cercanía del personal sanitario (matrona, ginecóloga, endocrino) que me ayudó a asumir con naturalidad que durante el embarazo estamos expuestas a que nos pasen mil cosas, que ahora todo iba bien y debíamos comenzar a disfrutarlo. Así lo hice.

Mi cuarto embarazo, un año después de nacer mi hija, fue visto y no visto. Controlado desde el principio porque nuevamente sufrí hipotiroidismo y tenía antecedentes de aborto. Nueve meses que pasaron volando. Un parto rápido, a pelo. Una recuperación sorprendente. Muchos sentimientos primarios.

Las pérdidas me marcaron y me ayudaron a madurar como individuo, a madurar en la forma de ver la vida y sobre todo, a madurar en mi relación de pareja.  Fue fundamental su apoyo, pasar el duelo juntos y tratar de encontrar el camino para seguir buscando. Cualquier mujer que pase por un momento así, necesita el apoyo del entorno y también necesita saber que hay otras personas que pasan por ahí a diario. Conocí a través de Elena Mayorga (@emayortol) el blog Niños del Agua en el que encontré textos que sirven de ayuda y consuelo.

Hoy tengo a mis dos hijos. Tengo la familia con la que alguna vez soñé. Carmela y Pablo. Razón y energía. Todas las noches los acurrucamos y les damos mimos hasta que se duermen. Hay días que son duros de trabajo; estamos cansados, nos enfadamos, nos frustramos, nos cargamos de culpa, nos disculpamos. También hay días que estamos llenos de energía para salir corriendo con ellos. En nuestra mente siempre un objetivo: darles el cariño y la seguridad que necesitan para crecer y madurar. Este es el día a día de nuestra crianza imperfecta que contiene más de intuición y experiencia, que de teorías y dogmatismos.

No todos los días son iguales, pero sí todas las noches cuando se quedan dormidos. En ese momento los miro con adoración, recuerdo lo que nos ha costado llegar hasta aquí y me emociono, mientras ellos sueñan como angelitos.

escuela

Elegir colegio

Este fin de semana los Papás Mingola tenemos que decidir a qué colegio vamos a llevar a nuestros hijos, ya que Mingola en septiembre empieza ciclo. Donde vivimos hay cinco colegios públicos y uno concertado. De entrada descartamos dos de los públicos por estar en barrios periféricos, el concertado porque preferimos la ESO en el instituto público y el público más cercano a nuestra casa (donde yo estudié) porque la última vez que entré para votar pensé que estaba en una Iglesia.

Ya habíamos decidido entre los dos restantes, pero esta mañana hemos visitado el otro y es una pasada. Hemos recibido un trato muy personal, tienen muy buenas instalaciones y un equipo muy comprometido. Por tanto, la decisión no está tomada. Aspectos positivos de cada colegio:

COLEGIO A

  • Está cerca de casa y junto a la Escuela Infantil donde el año que viene asistirá Mingolín
  • Tiene comedor
  • Los compañeros de Mingola serían, en su mayoría, compañeros de la guardería, amigos y familiares cercanos

COLEGIO B

  • Es bilingüe: en todo el ciclo de primaria las asignaturas de Cono, Artística e Inglés, se imparten en inglés. Asimismo, en infantil se imparten clases adaptadas a cada edad
  • Solo hay una línea en cada ciclo (no está masificado)
  • Todas las aulas están dotadas de pizarras digitales
  • Hay un ordenador por niño y en breve comenzarán a trabajar con tablets (vienen de camino)

Las ventajas de uno, son las carencias del otro. Sé que la escuela no es el todo en la educación de nuestros hijos; que la familia educa, la calle educa. Creo que si esta mezcla funciona, habrá funcionado el sistema  y nuestro método como padres. Me preocupan aspectos como el tratamiento de las asignaturas de Religión (creo en la escuela laica) o  Música (para mí tan importante como las mates), y considero que los niños deben tener tiempo para jugar y fomentar la creatividad, y no para pasarse la tarde haciendo deberes.

Lógicamente el conocimiento académico es importante; sin embargo, una de las cosas que más han marcado mi vida han sido mis amigas, mis compañeras desde niña. Con las que me juntaba a jugar, a hacer los deberes, a estudiar. Las que más tarde, en el instituto, nos íbamos separando entre ciencias o letras, para después cada una escoger su camino, su carrera. Siempre me ha servido su ejemplo, cuando no tuve ganas de estudiar y me animaron a seguir haciéndolo. Hoy son grandes amigas, las quiero a todas y guardo sus recuerdos como oro en paño.

Por esto, mi decisión la veo reducida a elegir entre lo humano: que sus compañeros de clase sean niños de nuestro entorno más próximo; o lo metodológico: que aprenda cono en inglés o en castellano.

Esta noche reflexionaré con la almohada. Por cierto, sigo pensando que  no hay derecho al desprestigio al que está expuesta la educación pública. Hoy he vuelto a comprobar que es un sistema muy sólido y que, los que creemos en ella, vamos a seguir luchando.

un-año

Parir y volar

Hace un año que nació mi hijo pequeño. Fue rápido para concebirse y también para nacer. Después de las horas que pasé dilatando para dar a luz a su hermana, pensé que su nacimiento sería parecido; pero me equivoqué y casi doy a luz por el camino. Influyeron varias cosas para aguantar tanto, la principal, que no quería separarme de mi pequeña que pronto sería la hermana mayor.

A las 18 horas llamé a Papá Mingola y le dije que probablemente por la noche nos tendríamos que ir al hospital donde daría a luz (público, por supuesto). Ni imaginábamos que tres horas después estaría naciendo nuestro hijo. Llegó Papá,  Mingola se quedó en manos de sus incombustibles abuelitos y nosotros salimos pitando hacia el hospital. Yo me descomponía por momentos.

Llegué con 9 cm. dilatados, parto natural sin epidural (a pelo). Había pasado un mal día, con contracciones que a media tarde se tornaron en un dolor cada vez más intenso y vómitos, pero nada que no pudiera soportar. En el trayecto comencé a romper aguas y estaba en un estado como etílico, no podía hablar y parecía que me iba a quedar dormida. Supongo que era una forma inconsciente de controlar el dolor y de que el niño no saliera por el camino. Llegué a urgencias y me dijeron lo que llevaba dilatado, en palabras de un simpático enfermero: “has venido pariendo”. Cuando fui consciente de que no me pondrían epidural comencé a gritar, parecía que me iba a morir de dolor. Los nervios y el miedo me estaban traicionando.

En sala de dilatación se presentó delante de mí la matrona que me partearía. Abrí los ojos como platos y grité -¡Almudena! Sorprendida respondió -¿Me conoces? Era la matrona que me había atendido durante las horas de dilatación en mi primer parto, la recordaba perfectamente. Eso me dio confianza y empecé a relajarme un poco. Pero volvía el miedo a no ser capaz de parir en esas condiciones. Almudena jugó sus cartas; me dijo al oído, en tono de madre –No te preocupes, hemos llamado al anestesista para que venga a pincharte. Hay que esperar unos minutos. Mentira piadosa. Al poco, cuando estaba más relajada volvió a decirme –Te duele porque tu hijo está empujando, quiere que lo abraces. Puedes gritar, pero no servirá de nada. Si te concentras y haces lo que te diga estará aquí antes de que te des cuenta. Hice caso.

Entre tanto, a Papá Mingola no le dio tiempo a sentarse en la sala de urgencias, ni tampoco en la de dilatación. Recién llegado ya se estaba preparando para entrar en la sala de parto y acompañarnos. Él estuvo presente en el nacimiento de nuestros dos hijos. Hemos sido de esas parejas que decidimos vivir el nacimiento en la intimidad, a nuestra manera. En todo momento respetamos la tarea de los profesionales y nuestro respeto fue recíproco. Resultó fundamental que él me acompañara en ambas ocasiones y recomiendo a otras parejas la experiencia. Me ayudó a empujar, me cogió cuando parecía que desfallecía y me animó cuando las fuerzas se agotaban. Sólo un poco más, ya lo veo, Elena, ya está aquí, le veo la cabeza, ay, ay, ay…

Luz. Silencio. Respira. Llanto.

Momentos que no se pueden explicar con palabras. Emociones. Al momento de tener a nuestro hijo en brazos no me dolía nada, me sentía con fuerzas para salir corriendo. Quería volver a casa.

A las once de la noche, ya en la habitación, Papá y yo nos miramos con incredulidad. Todo había pasado tan rápido…

Rapidez. Esta es la palabra que lo define todo. Pronto volví a casa (en ambos partos firmé el alta voluntaria antes de las 48 horas). Pronto nos abrazamos a Mingola. Pronto compartimos nuestra felicidad con otros seres queridos. Pronto ha pasado este año.

Mingolín ha sido un bebé fugaz. En pocos meses comenzó a mantenerse sentado, a ponerse de pie. Gateó. Anduvo. Corre. Mamó hasta los nueve meses, cuando comenzó a quitarle los biberones a hermana. También las galletas, el pan y los polos de limón natural en verano. Ahora tiene dos dientes ¡y un colmillo! Come los alimentos enteros, la fruta a bocados. Dice sus primeras palabras. Juega, imita, descubre. Derrocha felicidad, simpatía, vitalidad y energía (nuestros amigos lo llaman “Happy”) Lo miro y el corazón se me acelera de sentir lo rápido avanza. Ya nos lo avisó cuando llamó a la puerta. A un año, soy consciente. Siento vértigo.