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Justicia o solidaridad

“Si existiera la justicia, no sería necesaria la solidaridad”

Cada año, el 20 de noviembre, se celebra el Día Universal del Niño. Solemos imaginar que solo pasan hambre los niños en el Tercer Mundo, pero la brecha se abre y cada vez son más los niños que viven en condiciones de pobreza en todo el mundo. Cada día me siento afortunada por poder vivir dignamente. Casi siempre tengo presente que hay niños que viven en condiciones límite y que ven sus derechos vulnerados continuamente. Curiosamente, esa conciencia me llega en los momentos en los que más feliz estoy con mis hijos y me aborda el sentimiento de la injusticia. Injusticia social. Es obvio que el hambre en el mundo es un problema muy grave, pero hay otros derechos menos obvios que se vulneran a cada momento. Mientras cualquiera de nosotros estamos mirando la tele, hay niños a los que se les está maltratando, privando de afecto, de libertad… Los gobiernos tienen otras prioridades. Los políticos deberían estar a la altura. Se echa mano de la solidaridad y de la aportación social, de la caridad y la beneficencia. No son la solución. Ojalá tuviera una varita mágica. Ojalá muchos niños pudieran soñar y creer en las Hadas, en las Princesas y en los Príncipes. Ojalá a ningún niño le robaran la infancia.

peras y manzanas

Las peras y las manzanas

Ayer se produjo una gran noticia para los avances sociales de nuestro país. El Tribunal Constitucional avaló la Ley de Matrimonio Homosexual aprobada en 2005. Creo que esta noticia nunca debió ser noticia, porque en el siglo XXI nadie debió poner en duda que el amor puede surgir entre personas del mismo sexo. Han sido muchos años de lucha, de discriminación. Ahora sí que la Comunidad Gay puede respirar tranquila. Enhorabuena #amaresconstitucional

Ser madre ha removido mi conciencia social y siempre llego a la conclusión de que la educación es fundamental para que en el futuro nuestros hijos sean personas justas, críticas y empáticas. Me rompe el corazón cuando oigo a niños y adolescentes reírse del otro porque es de otro país, por su aspecto físico o porque no es tan hombretón como ellos.  Pero lo que más me rompe el alma, es escuchar comentarios de adultos engrandeciendo esas conductas de los niños y argumentando ideas racistas y xenófobas. La incultura va ligada a la intolerancia. No me refiero al nivel de formación académica sino  a la incultura personal. A la falta de educación emocional y de educación en valores.

En este punto tenemos mucho que decir los padres. Está claro que nuestros hijos están expuestos al exterior: la escuela educa, la calle educa. Por este motivo, me planteo que en mi tarea como madre es fundamental enseñar a mis hijos a canalizar la información que reciben del entorno, saber seleccionarla. Imagino dos cajas vacías. Caja buena y caja mala. Imagino a mis hijos procesando lo que oyen y lo que ven, y eligiendo la caja donde deben guardar esa información. Sé que no es tan fácil pero en casa estamos dispuestos a poner todo de nuestra parte para ayudarles a desarrollar las habilidades necesarias para aprender a decir no o sí dependiendo de lo que tengan delante.

Mis hijos son muy pequeños y, de momento, creo que el buen ejemplo para ellos está en pequeños detalles como oírnos hablar bien del otro, ver que nos alegramos por noticias como la sentencia del TC sobre el matrimonio homosexual, que creemos en la igualdad, que respetamos a sus abuelos y a las personas que queremos. Papá y yo somos sus personas de referencia y ellos se empapan de todo lo que hacemos, por eso en esta travesía de educar para la vida nos hemos propuesto tratar de que exista cierta coherencia entre lo que pensamos, lo que decimos, lo que hacemos y lo que les pedimos.

Nadie dijo que ser padres era pan comido, pero es divertido y creativo. Yo ahora les estoy enseñando que las peras y las manzanas se pueden sumar. No digo más.

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Wertting

En los últimos meses la educación pública está siendo cuestionada y sometida a continuos recortes y reformas. Se cuestiona el contenido de las asignaturas. Se cuestiona a los profesionales, a los padres, e incluso, a los alumnos.

El ministro de educación, José Ignacio Wert, ha focalizado en su figura las críticas del sector educativo y con muchos motivos. Desde que tomó posesión no ha dejado de sembrar la polémica, primero con sus palabras y después con sus actos. En este enlace encontramos algunas de sus frases más controvertidas. Ha cargado contra leyes, contra asignaturas, contra padres, contra profesores, contra alumnos. Como hace referencia el periodista Ignacio Escolar@iescolaren este post, menos “ellos”, todo es ETA.

Soy madre y me siento sobrepasada. Imagino que este sentimiento es compartido con otros miembros de la Comunidad Educativa. Wert nos ha llamado extremistas, terroristas, nos cuestiona cada movimiento. Pretende llenar la escuela de ideología anquilosada. Hacina a nuestros hijos en las aulas. Potencia la segregación por razón de sexo. Inventa conflictos como “españolizar”. Pone al límite las condiciones laborales de educadores, maestros y profesores. Se carga todo aquello que fortalece el espíritu crítico, la creatividad, el desarrollo ético y la capacidad artística.  Las escuelas infantiles, colegios, institutos, universidades públicas están saturadas.

A esto se le llama maltrato. Acoso a un colectivo. Acoso de un ministro (y sus consejeros) a la comunidad educativa. Ideología disfrazada de recorte. Titulares y salidas de tono que pretenden desviar nuestra atención del foco principal, la educación hecha a su imagen y semejanza. La escuela como escaparate para evidenciar la amplia brecha entre clases sociales. Quien pueda que la pague.

Wert no es un terrorista, simplemente ha activado la bomba para que la educación pública vuele por los aires. Esto no es bullying, ni mobbing. Esto es Wertting.