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El Miniparaíso

Mi abuelo Antonio tenía un trocico de tierra en el Jarral que cultivó con mucha ilusión hasta el final de su vida. Recuerdo cuando bajábamos con él y lo veía saltar la acequia y me cogía de los brazos para que yo saltara. También recuerdo el día en que pude saltarla yo sola y me sentí mayor, y deseaba bajar todas las tardes para volver a saltarla. Recuerdo el cariño que mi abuelo sentía por aquel miniparaíso y, con los años, siempre me pregunté por qué aquél lugar tan privilegiado estaba arrinconado, abandonado, lleno de cañas y basura.

Me hice mayor y durante mi adolescencia el único contacto que teníamos con el Jarral era para escondernos cuando nos saltábamos alguna clase en el instituto o cuando cogíamos las bolsas de basura de conserjería para pillar los exámenes; no nos importaba dejar allí la bolsa, un poco más de basura pasaba desapercibida.

Años después volví a descubrirlo y volví a sentirlo como aquel miniparaíso que mi abuelo me había enseñado. Volví a disfrutar con el olor de la tierra húmeda y el sonido del agua al caer de las presas. Y muchas personas lo descubrieron por primera vez.  Cada día agradezco la sensibilidad de quien pensó, que este espacio había que desenterrarlo, abrirlo; que aquel miniparaíso era un derecho de todos.

Hoy mis hijos pueden disfrutarlo y yo les puedo contar allí muchas historias. Aunque años después hayan tratado de que las cañas lo volvieran a ocultar o que dejáramos de meter los pies en el agua diciendo que estaba contaminada… hay huellas que son imposibles de borrar. Y la naturaleza ha sobrevivido al hombre. El miniparaíso ha dicho basta.

(A Antonio Francisco Gómez y Fátima Saorín)

Reset

Reseteo

A mi familia

La vida está hoy aquí y mañana allí. La afrontamos aferrados a intangibles: fe, esperanza, amor, fuerza, fortaleza, sueños… Somos vulnerables. Demasiado. Desnudos nos pilla la lucha cuerpo a cuerpo y, en esa batalla por sobrevivir, gana el más fuerte. Él.

Pasan los días y continuamos aferrados a esos intangibles que se van acercando a nuestras manos, se nos escapan y vuelven. Nos unimos, cerramos filas, protegemos nuestro entorno; nos comunicamos por gestos, por sensaciones, por silencios, por emociones: hay complicidad. La energía se consume, pero alguien llega y te toca la mano o te da un beso que parece un relámpago y te llenas, y vuelves a verlo todo con luz y color.

Parece que aquella esperanza tan etérea cada día cobra sentido y juntos, con intimismo y prudencia, tomamos aire para resetear.

La paciencia va venciendo a la incertidumbre; objetividad y deseo comienzan a entenderse. El tiempo corre y el héroe sigue luchando en su propio sueño, nunca se ha rendido. Nosotros tampoco.

Orgullom

Orgullo de Madre

Pasada la presión y la opresión en el pecho tras los primeros años de crianza, comienzo a disfrutar de un tremendo sentimiento de “Orgullo de Madre” que saca de paseo a mi yo más vanidoso. Casi cuatro y dos años tienen mis hijos y comienzo a desprenderme de frases hechas y complacientes que nos solemos decir entre madres para quedar bien entre nosotras.

Me siento orgullosa de sus tiempos, de sus ritmos, de su lenguaje, de sus sueños, de sus rabietas, de sus sonrisas; de su adiós a los pañales, chupetes, tetas y biberones; de su bienvenida a nuevas etapas y conquistas;  de sus abrazos, de sus besos, de sus juegos, de sus riñas; de sus miradas, de sus reflexiones, de sus miedos…. Hace días que me acompaña un gran sentimiento y he decidido celebrarlo.

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