palabras

Ver, oír y callar

Mi madre es una mujer muy sabia. De origen humilde, fue a la escuela, pero su maestra la trataba de “moza” mientras otras chicas de su edad aprendían a leer, a escribir y a bordar y escuchaban las lecciones de la sección femenina, esas que enseñaban a las mujeres cómo tenían que comportarse con sus maridos cuando llegaban a casa.  Eran los años 40. A pesar de todo, mi madre aprendió a leer y a escribir mirando de reojo y nadie la engaña con las matemáticas, porque mientras sus compañeras resolvían en un papel las cuentas enunciadas por la maestra, ella lo hacía de cabeza sin abandonar sus tareas de limpieza y recados varios.

Pero sobre todo, mi madre es una persona que, sin percatarse, aprendió a saber sobre los demás. Para aprender tuvo que multiplicar su capacidad de escuchar, observar y callar. Suele repetir este lema: “Hija: ver, oír y callar” y, en ocasiones,  sigo su consejo, aunque reconozco que puede resultar desacertado. Nos podemos callar por prudencia o por educación, para evitar hacer daño, para evitar meternos en líos, para que los demás no piensen mal de nosotros o, simplemente, porque pensamos que nuestra opinión es intrascendente. Pero cuando estamos seguros de algo, cuando observación e intuición van por el mismo camino, lo mejor es hablar, dialogar, porque solo de esta manera podemos avanzar, superar obstáculos y mejorar.

De un tiempo a esta parte, he seguido el discurso del filósofo José Antonio Marina y he reflexionado sobre la importancia de La Palabra. La necesidad de comunicarnos que tenemos los seres humanos y la falta de comunicación que existe hoy en día, paradójicamente, cuando más recursos tenemos a nuestro alcance para hacerlo.

“Necesitamos dominar el lenguaje y la inteligencia para no hacernos un lío en la convivencia”

O dicho en palabras de mi sabia madre: “Los problemas se resuelven hablando”

Os dejo el enlace de la Masterclass que ofreció Marina en la temporada pasada de Torres & Reyes, programa que echo de menos.

Masterclass: “Siempre se puede aprender”, por José Antonio Marina

 

 

 

34Primaveras

34 Primaveras

Cada año, cuando cumplo años, lo vivo de manera más familiar. Mi primer pensamiento de este día suele ser para mi madre. Imagino qué sentiría aquella noche en la que nació su quinta hija; Hija que se convirtió en madre y, en ese momento, endiosó a la suya. En silencio le he pedido perdón por las noches en vela, por las mentiras piadosas y por los gestos de desconsideración. Un día seré yo la que tenga que aprender a saberlo todo de sus hijos, porque ellos callarán o dirán verdades a medias; mientras tanto, disfrutaré de su inocencia. Todavía quedan unas cuantas primaveras .

Madres

En la imagen, mi tía y mi madre embarazada de mi hermana mayor

Mingola_Inflexión

Punto de inflexión

Después de un tiempo de cambios en el blog, vuelvo con un texto escrito hace unas semanas. Bienvenidos de nuevo.

A mi compañero y nuestros dos hijos:

Me doy cuenta de que una etapa de mi vida está cambiando cuando, inconscientemente, un nudo en el estómago no me deja descansar. Entonces, no sé si la presión explota en mi cabeza o mi cabeza explota de la presión.

Años de entrega a ciegas que desembocan en momentos irracionales:  Entrega a la perfección. Entrega al miedo a defraudar. Entrega a la cordura. Entrega a la admiración.

Desde que soy madre no solo quiero ser la mejor madre; también quiero ser la mejor hija, la mejor hermana, la mejor amiga, la mejor compañera…

Reinvento y experimento con teorías que justifico para luego desecharlas.

Busco maneras de llegar. Tropiezo. Empiezo. Sigo. Llego. Vuelvo a buscar… Sonrisas y desvelos van quedando en el camino.

Nadie tenemos la razón y, sin embargo, la razón está en todas partes. Está en quien necesita su tiempo y luego no sabe qué hacer con él. Está en quien cree no necesitar tiempo para él y, después, lo busca desesperado.

Explosión. Punto de inflexión. Momento de reflexión.

Lección aprendida.

Estoy aquí. Feliz y enérgica. Emocionada por todo lo conseguido.

Gracias.

Paisaje

Vacaciones en el palmeral

Hace unas semanas que acabaron las vacaciones de  Semana Santa. Este año han sido muy especiales, alejados de tradición y bullicio. Estaba deseando contarlo para que otras familias conozcan un sitio mágico donde poder desconectar y donde los niños se lo pueden pasar en grande rodeados de naturaleza.

Unos amigos de Madrid vinieron a visitarnos. Decidimos buscar unas casas rurales donde hospedarnos y Papá Mingola se puso manos a la obra. Murcia es pequeña y pensábamos que lo conocíamos todo, pero no era así. A pocos kilómetros de casa, en el corazón del Valle de Ricote, se encuentra una finca privada perfecta para pasar unos días de relax. En este enlace podéis ver ubicación, capacidad, precios…

En nuestro caso alquilamos la “Casa Pabellón” y las casas “Del Balcón” y “De la Pila”.  Nos hospedamos cinco familias: diez adultos y nueve niños. Las familias con los niños más grandes (entre 6-10 años) se alojaron en la Casa Pabellón que, al tener piscina, la consideramos un poco peligrosa para los más pequeños. El resto nos dividimos en las otras dos casas. El lugar es genial porque permite al grupo disfrutar de momentos de alboroto, comidas o juegos  y también de silencio, descanso y paseo sin tener que coger el coche.

La finca es propiedad del Marqués de Perinat. A pocos metros de la entrada, encontramos su residencia de vacaciones. Una casa del Siglo XIX que conserva su aspecto encantado y romántico.

Entre los pasillos de palmeras aparece la “Casa Pabellón”. En época de esplendor este era el lugar de recreo de los marqueses y sus huéspedes, con piscina y pista de tenis.  Por último, encontramos el resto de casas que antiguamente estaban destinadas al servicio y ahora forman parte de la oferta rural. Las casas están muy bien equipadas, y al tener reservado todo el recinto, pudimos elegir qué zona destinar a cada momento del día. Al ir con niños todo giró en torno a su seguridad.

Aunque el lugar es muy bonito, en algunos detalles se nota que es un sitio venido a menos. El mantenimiento es muy costoso y son muchas hectáreas. El encargado nos contó que habían optado por mantener los alrededores de las zonas habitables y que habían dejado que la zona más próxima al río siguiera el curso de la naturaleza. Nos dolió saber que el boom de la burbuja inmobiliaria había llegado hasta aquí. Las palmeras estaban infestadas por el Picudo Rojo “una plaga que se propagó por el litoral al calor del boom inmobiliario y de la importación de palmeras infestadas para decorar urbanizaciones”. Tremendo.

Me quedo con lo positivo: después de una época de mucho estrés por fin logramos desconectar y pudimos sorprender a nuestros amigos urbanitas con un entorno natural precioso. Los niños no querían irse de allí. Los mayores tampoco.

Nota: la finca también cuenta con un salón de celebraciones