Cole-no

¿Adaptación o putada?

Cuando tenemos varios hijos tendemos a compararlos, imagino que, con el fin de encontrar lo bueno de uno en el otro.

En mi caso, imaginé que a mi hijo pequeño le iría bien la adaptación a la escuela infantil porque tiene un carácter tan expansivo como el de su hermana y porque estaba acostumbrado a visitar la escuela cada día cuando íbamos a recogerla. Me equivoqué.

Mingola se adaptó bastante bien a la escuela infantil: llantos para entrar en clase y algunos cambios en el comportamiento en casa, pero en pocos días todo volvió a la normalidad y la escuela era una parte más de la rutina diaria. Tenía 15 meses. Este año ha entrado al colegio y todo ha ido fenomenal.

Por su parte, la adaptación del pequeño Mingolín (20 meses) está costando sangre, sudor y lágrimas. Durante casi un mes, solo lo he podido dejarlo en la escuela una hora porque no dejaba de llorar. Rechazo absoluto a todo lo que tuviera que ver con el cole; a las típicas preguntas de cómo se llama la seño o cuántos amiguitos tienes, reaccionaba de dos formas: con un estúpido “no gusta” o con un altivo gesto de ¿hablas conmigo?. Vivíamos en negativo.

Cole-no

Ha sido muy duro. Cada día lo encontraba con los ojos hinchados y el corazón agitado. Era desolador. Pensé en buscar otra opción con la que poder conciliar hijos y trabajo. Me sentí fatal.

Cuando parecía que estaba más tranquilo, le dieron un gran bocado en la cara y, como otras veces, hubo que tocar fondo para salir adelante. Así, con la ayuda de Papá Mingola y la educadora, trabajamos en positivo y poco a poco se va adaptando, cada día un ratito más.

Ayer fue su primer día de comedor y también la primera vez que vi alegría en sus ojos cuando fui a buscarlo. Se despidió con besos y abrazos de sus compañeras. Sonrió y yo casi vuelvo a llorar por la tensión acumulada durante este tiempo.

Los esfuerzos merecen la pena. La necesidad de adaptarnos al medio nos hace fuertes. Parte de nuestra independencia nos la ha dado la escuela. Es duro, pero es así. Es una putada.

mar

Septiembre, hazte esperar

Esta mañana he estado en la reunión del colegio donde Mingola comenzará ciclo de infantil en septiembre. Fue difícil elegir colegio y pensaba que, una vez tomada la decisión, todo iría sobre ruedas. Me equivocaba. Hoy he sentido nervios, me sudaban las manos, miraba de un lado a otro tratando de imaginar cómo será quien se siente al lado de mi hija, quien juegue con ella. Conozco a la tutora, a algunas madres, de otras me suena su cara… Nos esperan nueve años de idilio escolar.

El periodo de adaptación no me asusta porque ya está dos cursos en la escuela infantil e imagino que será menos traumático que para otros niños que nunca han pisado una escuela. Lo que me preocupa ahora son las personas. El entorno en el que va a crecer fuera de casa.

Sin ser una familia perfecta, en casa tiene buenos referentes y estímulos para crecer con estabilidad emocional. En la calle hay menos control. Demasiada inestabilidad. O eso parece.

Se me hace un nudo en el estómago. Me asaltan dudas. Me pregunto si hemos elegido bien. Atisbo un septiembre muy movido. Sí, demasiado. Ahora caigo en la cuenta: Mingolín entra en la escuela infantil este año. ¡Oh, no! Cómo se me ocurrió parir dos veces en tres años…

Debo relajarme. Mañana disfrutaré en la fiesta de fin de curso de Mingola con las actuaciones, regalos y demás costumbres que hacen de la escuela una familia.

En un segundo plano quedará mi deseo: septiembre, hazte esperar.