babyseño

Los juguetes de Mingola

Mingola siempre me sorprende con sus juegos. Os lo conté hace tiempo en este post. Es una niña de libro. Si buscamos el significado de juego simbólico encualquier manual pedagógico, aparece el nombre de mi hija.

Jugando manifiesta sus miedos, sus gustos, sus obsesiones; interpreta lo que sucede, interioriza lo que aprende. Durante una época su roll más habitual era el de mamá. En cualquier objeto veía un bebé. Imagino que era lo más lógico porque su hermano nació cuando ella tenía veinte meses y juntas lo hemos criado. Esta capacidad, ponerse en el lugar del otro y expresar mientras juega lo que sucede en la vida real, es su gran aliada para comprender y asimilar cada nueva situación.

Sabemos que ha dado un importante salto en su desarrollo cognitivo y social. Las escenas familiares han pasado a un segundo plano, dejando paso a las escenas escolares. Ya no tiene hijos a su cargo, ahora tiene niños a los que enseñar muchas cosas. Así, le encanta ponerse mi vestido desmangado de bebé, ahora su baby azul de seño, y rodearse de paquetes de leche a los que da nombre, tareas y enseña cómo comportarse. Su imaginación no tiene límite. Utiliza las pegatinas de las botellas como pañal y los tapones pequeños como chupete. Papá Mingola, Mingolín y yo la miramos asombrados mientras juega, nos sonreímos y nos miramos con complicidad pensando en qué historias se monta esta chica. Se presenta un invierno divertido en el que voy a aprender mucho de mí y de lo que me rodea mientras observo a mis hijos jugar. Un consejo: apagad los móviles y probad a hacer lo mismo.

P.D.: Queridos Reyes Magos, este año tendréis que comprar nuestros regalos en el súper (continuará)

Cole-no

¿Adaptación o putada?

Cuando tenemos varios hijos tendemos a compararlos, imagino que, con el fin de encontrar lo bueno de uno en el otro.

En mi caso, imaginé que a mi hijo pequeño le iría bien la adaptación a la escuela infantil porque tiene un carácter tan expansivo como el de su hermana y porque estaba acostumbrado a visitar la escuela cada día cuando íbamos a recogerla. Me equivoqué.

Mingola se adaptó bastante bien a la escuela infantil: llantos para entrar en clase y algunos cambios en el comportamiento en casa, pero en pocos días todo volvió a la normalidad y la escuela era una parte más de la rutina diaria. Tenía 15 meses. Este año ha entrado al colegio y todo ha ido fenomenal.

Por su parte, la adaptación del pequeño Mingolín (20 meses) está costando sangre, sudor y lágrimas. Durante casi un mes, solo lo he podido dejarlo en la escuela una hora porque no dejaba de llorar. Rechazo absoluto a todo lo que tuviera que ver con el cole; a las típicas preguntas de cómo se llama la seño o cuántos amiguitos tienes, reaccionaba de dos formas: con un estúpido “no gusta” o con un altivo gesto de ¿hablas conmigo?. Vivíamos en negativo.

Cole-no

Ha sido muy duro. Cada día lo encontraba con los ojos hinchados y el corazón agitado. Era desolador. Pensé en buscar otra opción con la que poder conciliar hijos y trabajo. Me sentí fatal.

Cuando parecía que estaba más tranquilo, le dieron un gran bocado en la cara y, como otras veces, hubo que tocar fondo para salir adelante. Así, con la ayuda de Papá Mingola y la educadora, trabajamos en positivo y poco a poco se va adaptando, cada día un ratito más.

Ayer fue su primer día de comedor y también la primera vez que vi alegría en sus ojos cuando fui a buscarlo. Se despidió con besos y abrazos de sus compañeras. Sonrió y yo casi vuelvo a llorar por la tensión acumulada durante este tiempo.

Los esfuerzos merecen la pena. La necesidad de adaptarnos al medio nos hace fuertes. Parte de nuestra independencia nos la ha dado la escuela. Es duro, pero es así. Es una putada.