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Septiembre, hazte esperar

Esta mañana he estado en la reunión del colegio donde Mingola comenzará ciclo de infantil en septiembre. Fue difícil elegir colegio y pensaba que, una vez tomada la decisión, todo iría sobre ruedas. Me equivocaba. Hoy he sentido nervios, me sudaban las manos, miraba de un lado a otro tratando de imaginar cómo será quien se siente al lado de mi hija, quien juegue con ella. Conozco a la tutora, a algunas madres, de otras me suena su cara… Nos esperan nueve años de idilio escolar.

El periodo de adaptación no me asusta porque ya está dos cursos en la escuela infantil e imagino que será menos traumático que para otros niños que nunca han pisado una escuela. Lo que me preocupa ahora son las personas. El entorno en el que va a crecer fuera de casa.

Sin ser una familia perfecta, en casa tiene buenos referentes y estímulos para crecer con estabilidad emocional. En la calle hay menos control. Demasiada inestabilidad. O eso parece.

Se me hace un nudo en el estómago. Me asaltan dudas. Me pregunto si hemos elegido bien. Atisbo un septiembre muy movido. Sí, demasiado. Ahora caigo en la cuenta: Mingolín entra en la escuela infantil este año. ¡Oh, no! Cómo se me ocurrió parir dos veces en tres años…

Debo relajarme. Mañana disfrutaré en la fiesta de fin de curso de Mingola con las actuaciones, regalos y demás costumbres que hacen de la escuela una familia.

En un segundo plano quedará mi deseo: septiembre, hazte esperar.

 

 

Paisaje

Vacaciones en el palmeral

Hace unas semanas que acabaron las vacaciones de  Semana Santa. Este año han sido muy especiales, alejados de tradición y bullicio. Estaba deseando contarlo para que otras familias conozcan un sitio mágico donde poder desconectar y donde los niños se lo pueden pasar en grande rodeados de naturaleza.

Unos amigos de Madrid vinieron a visitarnos. Decidimos buscar unas casas rurales donde hospedarnos y Papá Mingola se puso manos a la obra. Murcia es pequeña y pensábamos que lo conocíamos todo, pero no era así. A pocos kilómetros de casa, en el corazón del Valle de Ricote, se encuentra una finca privada perfecta para pasar unos días de relax. En este enlace podéis ver ubicación, capacidad, precios…

En nuestro caso alquilamos la “Casa Pabellón” y las casas “Del Balcón” y “De la Pila”.  Nos hospedamos cinco familias: diez adultos y nueve niños. Las familias con los niños más grandes (entre 6-10 años) se alojaron en la Casa Pabellón que, al tener piscina, la consideramos un poco peligrosa para los más pequeños. El resto nos dividimos en las otras dos casas. El lugar es genial porque permite al grupo disfrutar de momentos de alboroto, comidas o juegos  y también de silencio, descanso y paseo sin tener que coger el coche.

La finca es propiedad del Marqués de Perinat. A pocos metros de la entrada, encontramos su residencia de vacaciones. Una casa del Siglo XIX que conserva su aspecto encantado y romántico.

Entre los pasillos de palmeras aparece la “Casa Pabellón”. En época de esplendor este era el lugar de recreo de los marqueses y sus huéspedes, con piscina y pista de tenis.  Por último, encontramos el resto de casas que antiguamente estaban destinadas al servicio y ahora forman parte de la oferta rural. Las casas están muy bien equipadas, y al tener reservado todo el recinto, pudimos elegir qué zona destinar a cada momento del día. Al ir con niños todo giró en torno a su seguridad.

Aunque el lugar es muy bonito, en algunos detalles se nota que es un sitio venido a menos. El mantenimiento es muy costoso y son muchas hectáreas. El encargado nos contó que habían optado por mantener los alrededores de las zonas habitables y que habían dejado que la zona más próxima al río siguiera el curso de la naturaleza. Nos dolió saber que el boom de la burbuja inmobiliaria había llegado hasta aquí. Las palmeras estaban infestadas por el Picudo Rojo “una plaga que se propagó por el litoral al calor del boom inmobiliario y de la importación de palmeras infestadas para decorar urbanizaciones”. Tremendo.

Me quedo con lo positivo: después de una época de mucho estrés por fin logramos desconectar y pudimos sorprender a nuestros amigos urbanitas con un entorno natural precioso. Los niños no querían irse de allí. Los mayores tampoco.

Nota: la finca también cuenta con un salón de celebraciones